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Posted by on Ago 15, 2014 in relatos, Sexo, sexo casual, sexo oral, Sumisa | 0 comments

En 50 metros cuadrados (Relato)

 

Hace un par de días, mientras esperaba que el semáforo se pusiera en verde para pasar, un chico se acercó a mi  preguntándome una dirección.

Yo, sombrilla al hombro, pelos al viento, pamela, gafas de sol y nevera, tenía una cara de guiri que no podía con ella, pero aquel chico me preguntaba la dirección como si tuviera un cartel de Guía turístico puesto en el pecho,  y sin tener ni idea, solté mi nevera y sombrilla, retiré las gafas de sol, y agarré el papel en el cual llevaba escrito el nombre de la calle.

-Ummm Pues no me suena, no te han dicho nada más?

Observé de pronto que arrastraba una maleta, y asumí que acababa de llegar a la ciudad con los mismos fines que yo días antes: Veranear.

Su “no, no ponía nada más en la página web” me llevó a mirarle a los ojos por primera vez, y descubrí una intensa mirada que me atravesaba quizás queriendo, quizás sin querer, pero era tal su capacidad para llegarme dentro que de pronto me imaginé follando sobre él en medio del paseo.

Me ruboricé sola y me reí, y ante su extrañeza no pude más que decirle que o dejaba de mirarme así o no podría seguir hablando.

Evidentemente conseguí con mi frase que el rubor se le pasase a él, que agachase la mirada y se riera, pero nos mantuvimos callados unos segundos que se me hicieron eternos.

Eso de la tensión…No me gusta nada, así que corté por lo sano.

-Mira no tengo ni idea de donde está la calle, como habrás intuido ya, no soy de aquí, búscalo en el móvil, porque por la zona que estamos, la gran mayoría o son alemanes o ingleses y van a tener la misma idea que yo:  Cero.

-Lo buscaría, pero en el viaje me he quedado sin batería, gracias por tu ayuda, seguiré preguntando.

-Bueno, en ese caso, lo que si puedo ofrecerte es una cerveza y un enchufe para que cargues el teléfono, son las 3 de la tarde, hacen 40 grados, si te apetece descansar, mi ofrecimiento queda hecho, mi apartamento está justo a tres minutos.

Creo que reaccioné al ver que caminábamos juntos a mi apartamento, y que sin conocernos de nada, íbamos a compartir por un rato los mismos 50 metros cuadrados.

Por segunda vez me sonrojé, pero ésta vez sí no dije nada sino que continué subiendo las escaleras del piso.

Cruzamos las 4 preguntas de rigor, de donde eres, viajas sólo o acompañado, conoces gente por aquí y por supuesto, cómo te llamas. Presentaciones hechas, le di paso a mi apartamento.

Al ser un apartamento de una sóla habitación, poco tuve que indicarle. Enchufó su móvil y yo traje dos cervezas de la nevera para acompañar el rato.

Pedro, no paraba de darme las gracias por ayudarle, y yo en mi locura diaria, le dije que ya me lo cobraría de algún modo.
Reímos con pequeñas chorradas y nos bebimos aquellas dos cervezas y las otras seis que había en mi nevera, y así, a palo seco, a las 4 de la tarde y con un sol brutal la borrachera empezaba a hacer sombra en mis venas.

Volví a ver aquellos ojos marrones fijos en los míos hipnotizándome, y necesité verlos más cerca, tan cerca, que acabé besándole de una forma salvaje, como si nos fueran a separar, enrredándome con su lengua y agarrándole de los pelos, sólo quería follármelo, y follarlo ya además.

No hubo resistencia. Aceptó de buen grado mi arrebato, retiró el pareo que aún me cubría y me dejó en bikini sobre él. Y yo, en mi excitación tiré de cada lado de su camisa, arrancando sus botones y dejando al descubierto ese torso que me llamaba a gritos.

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Puse mis manos sobre él y me dejé caer, besando, mordiendo y arañando su torso desnudo. Olía a coco, o piña, o a una mezcla de los dos, pero sobretodo olía a sexo, y del bueno.

No ponía pegas, me dejaba hacer sin impedirme nada, y me leía el pensamiento cada vez que me miraba, por ello tiró de los lazos del bikini y lo dejó caer, elevó la tira de su cinturón y me miró. No hizo falta más, supo comprender, que quería hacerlo yo.

Bajé su ropa por completo y le dejé desnudo ante mi.
Aquella verga, mojada, pedía a gritos que la introdujese en mi boca, y por ello posándome de rodillas ante él, procedí al ritual de felación:

Lamerla para conocerla.

Lamerla para saborearla.

E introducirla hasta el fondo para disfrutarla.

Notaba en cada subida y bajaba su excitación. Cómo agarraba mi cabeza devolviéndome al fondo, y echándo su cabeza hacia atrás, mientras agarraba mi cabeza con ambas manos, supe que se corría.

Lamí cada una de las gotas de semen que llegó a mi boca, y repasé que el lugar de mi recreo, quedase en perfecto estado, y al elevar la mirada encontré de nuevo aquellos ojos marrones hablándome.

Sentándome en la mesa de centro, abrí mis piernas y le mostré mi sexo húmedo y enrojecido, deseoso de ser saciado, y segundos después le tenía con su boca en mis labios, complaciéndome y embaucándome, porque cada vez que sus ojos se posaban en los míos, sentía que mis ganas aumentaban.
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Mis gemidos le advertían que lo estaba haciendo bien, mis manos en su cabeza, que siguiera en el camino, pero necesitaba sus dedos para acabar con mi sufrimiento, y se los pedí, y tomándome en sus brazos me introdujo su miembro de nuevo erecto, agarrando mi melena en cada embestida, y recordándome lo excitante que podía resultarme mezclar el placer con el dolor.

Mis piernas en su cintura, su sexo en el mío, mis manos asidas a sus hombros, y las suyas agarrando mis cabellos

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Fue mi espalda al chocar con la pared quien le hizo parar un segundo, pero pronto al ver que mis ganas no se rendían, volvió a la carga, dándome el sexo que yo necesitaba, desde sus más oscuros deseos, desde sus instintos más rudimentarios…

Me sentía acorralada entre la pared y su sexo, entre su torso y el muro. Aprisionada, agotada, excitada…

Y me corrí.

Perdí la noción del tiempo y de mi cuerpo, y sólo sus brazos y sus embestidas me sujetaban.

Descubrí que volvía a estar en mi, cuando mis pies posaron el suelo, pero sólo fue el tiempo de girarme para penetrarme desde atrás, volviéndome a dejar completamente aprisionada entre el suelo y el cielo, entre la pared y su sexo salvaje y ese vaiven divino, que volvía a darme.

Su mano en mis caderas y mi cuello completamente erguido por los tirones en mi cabello, mis pechos golpeando la pared, y el sonido constante del piel contra piel.

Su sudor, mi sudor, mi humedad, sus ganas, las mías…

Le miro de nuevo, así del revés, con sus ojos marrones enrojecidos por el placer, con los míos idos completamente a un infierno celestial, y le susurro un “Córrete” a medias con el poco aire que me queda…

Y Pedro me suelta y obedece, me arrodilla y me somete, me baña en su semen, y con sus dedos unta los restos que quedaron en sus manos por mis senos y mi sexo, por mis labios y sus labios y me besa despacio, como si nada hubiera pasado, dejando un pequeño mensaje con sus labios a su paso por mi cuello:

“Sabía que serías una puta estupenda en cuanto te vi, que te someterías sin dudarlo, y no me equivoqué…”

Y me deja ahí, agotada, inmóvil, con las piernas temblando, recoge su pantalón y saca el paquete de tabaco.

Enciende un cigarro y se sienta en la mesita, una calada, dos, y me lo acerca a los labios.

Fumo, le miro de nuevo y me sonríe de lado.

“Vamos a pasar unos días muy entretenidos juntos tu, yo y éstos 50 metros cuadrados. 4 Días más nos vamos a ver en ésta ciudad, al menos, que sean esos 4 días, sean follando”

Sobre 

Mil y una experiencias que contar. Mil y un tabúes por desmontar. Satisfacer tus deseos para lograr los míos, darte todo lo que quieras y recibir lo que anhelo. Ser tuya en cuerpo y alma y tenerte como Dueño por siempre.

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