Pages Menu
TwitterRssFacebook
Categories Menu

Posted by on Abr 15, 2016 in Blog, clítoris, follar, Mujer, orgasmo, Pene, relatos, sexo casual, sexo oral | 0 comments

Relato erótico. El empotrador del ascensor.

La misma rutina día tras día. Paula comenzaba a estar hastiada de que su vida fuera levantarse, ponerse el uniforme e irse  a pasar 8 horas realizando un trabajo que ya no le motivaba. Mucho habían cambiado las cosas desde que había acabado la carrera, decidida a comerse el mundo, y sentía que en realidad el mundo se la había comido a ella.

Hasta hace poco al menos contaba con la compañía de Sandra, su compañera de despacho, con la que los lunes se echaba unas buenas risas hablando del fin de semana, las copas, los bailes y los polvos sin compromiso que ambas se habían echado. Pero Sandra ya no salía ni follaba con otro que no fuera su “cari”, acababa de ser mamá y ni siquiera sabía si volvería a trabajar.

Así que cuando pulsó el botón del ascensor de la oficina, casi sin mirar, enfrascada en su móvil, sus pensamientos y sus pocas ganas en general, no se percató de quién entraba tras de ella. Pero al cerrarse la puerta un olor a perfume masculino, intenso pero agradable, la hizo girarse discretamente para saber quién desprendía ese olor que tanto había llamado su atención.

Relato erótico

Descubrió a sus espaldas a un chico que no dejaba de mirarla. Era alto, no especialmente guapo pero tenía algo que le hacía interesante. El chico iba al gimnasio, dedujo al ver cómo se marcaban sus bíceps bajo la camisa de cuadros, y aunque vestía de manera informal, se notaba que le gustaba cuidarse. Pero lo más curioso es que sin saber por qué Paula se notó ruborizar y cómo un cosquilleo interno le recorría el cuerpo, intensificándose en su pubis, mojándose en un repentino e inesperado calentón.

Y de pronto, como si ese día el destino se confabulara a su favor, el ascensor se detuvo, las luces parpadearon y en un intento por abrir las puertas, se dio cuenta de que estaban encerrados.

A pesar de estar muerta de miedo no quiso entrar en pánico. Comenzó a practicar las respiraciones que recordaba de esas clases de yoga a las que había dejado de ir hacía tiempo y se desabrochó la camisa para no sentir la presión en el pecho que la llevaría a la hiperventilación. Y activó el resorte.

Cuando se dio cuenta Paula estaba contra la pared, oliendo el atrayente perfume directamente de la piel de ese chico y sintiendo una erección inminente y fuerte en su muslo. Poco más le hizo falta para dejarse llevar, estuvo a punto de correrse al momento por la intempetuosidad del que ahora la tenía totalmente empotrada contra la pared del ascensor.

Cerró los ojos, jadeó y se dejó llevar. El chico la tocaba frenéticamente, el pecho, el vientre, una mano apretaba su culo, la otra penetraba en su vulva, buceando con sus dedos en la humedad que delataba su nivel de excitación.

Ella no quiso ser menos y, mientras se dejaba tocar, lamer y hacer, correspondía como su deseo le pedía. Agarró fuertemente la polla erecta del desconocido que se había hecho dueño de su cuerpo y con un movimiento enérgico, vigoroso pero con la sutileza de quien toca un objeto preciado, le hizo un paja que desató un aullido de la garganta de su amante.

Él chupaba sus pezones mientras castigaba su clítoris implacablemente, ella besaba su cuello mientras recorría su pene arriba y abajo, deseando sentir ese poderoso miembro en su cuerpo. Y no lo dudó.

Como una hábil gacela se agachó y se introdujo la polla en la boca, deleitándose de la sensación de ese miembro esponjoso, suave y cálido que paladeaba como un delicioso helado caliente. Sentir que eso excitaba a su empotrador desconocido aumentaba su propia excitación, y no veía el momento de sentirse penetrada, embestida y follada completamente.

El chico pareció leer sus pensamientos y, conteniendo la eyaculación, la levantó volviendo a la posición inicial, empotrándola así de nuevo contra la pared del ascensor. Hubo un impass, unos leves segundos en los que se miraron respirando aceleradamente, sudando, sus ojos se cruzaron y ambos leyeron el mutuo deseo que desprendían sus miradas.

Y sin más, la penetró. Una y otra vez, una y otra vez, rítmico, implacable, desatado, a la vez que con sus dedos estimulaba su clítoris y ella se sentía embestir con un placer que la embargaba, jadeando, apretando con sus manos los fuertes biceps que al sostenían, estallando de gusto en un orgasmo que llegó como un vendaval, arrasando su cuerpo.

Sintió la eyaculación caliente de su amante chorreando por sus muslos mientras el placer del orgasmo daba sus últimos coletazos. Y abrazados, sudorosos, temblorosos, fueron separando sus  cuerpos, recomponiéndose poco a poco del polvazo improvisado que acababan de disfrutar.

Las luces parpadearon de nuevo, se sintieron golpes y voces al otro lado de la puerta y mientras recuperaban su ropa salpicada por el suelo, el ascensor dio un ligero salto y comenzó a descender hasta que volvió a la planta principal. Se abrieron sus puertas y salieron como si allí no hubiera pasado nada.

Solo se dijeron adiós con la mirada. Ella no sabría si volvería a verlo, ni le importaba. Solo sonría al pensar que había follado locamente con un desconocido en el ascensor de su oficina, una monótona mañana de un monótono lunes cualquiera.

¿Qué os ha parecido este relato erótico?

Sobre 

Post a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *